"... Al séptimo día Dios descansó ... "
¡Oh Dios! Ya era hora. Al final os puedo contar algo tranquilamente. La batalla no ha sido dura, pero la estrategia para prepararla nos llevó infinidad de tiempo. Tantas noches replegándonos para al fin poder plantar cara y hacer de este trozo de tierra, la más gloriosa y bella.
Hemos sido casi destituídos. No volvemos a Tiro. Las huestes sufrían de tristeza, echaban de menos a todo aquello que les unían. Pero entonces tuve que hablarles francamente:
" Señores. Hijos y sirvientes de Dios, luchadores feroces y leales compañeros. Olvidemos aquellas Tierras, nunca serán para nosotros. Los templarios nos detestan, los mandamases de San Juan nos dejan más olvidados que un niño a la vieja pelota. Uníos a mi causa. Siempre fiel a la vieja guardia. Sin ningún día de tachón en la vida. Jamás libre de pecado, pero siempre justo y clarividente. Dejarme de oír y escuchadme como nunca lo hicisteis, con toda la atención. Mi ejército no tiene bandera a día de hoy, debemos luchar por nosotros, nadie nos dará de comer ni tan siquiera podremos descansar. Eso sí, hasta el fin, tal y como lo juramos, llevaremos el nombre de San Juan."
El más joven de todos se arrodilló y comenzó a llorar. No podía dejar esa ciudad que tan bien le fue.. nadie le podía consolar: sin hermanos, ni padres ni su amor.
Retomé la palabra:
" A veces, soy un incomprendido, pero hoy muchachos, haré historia. Ven a mi joven. Lloras por ellos. No me mires así, llorar es humano y mírame: mis ojos también están vidriosos. Es la hora. Nuestros corazones han sufrido mucho. O Tiro cambia y con él nuestra vieja Orden, o deberemos luchar por nosotros. 3 cosas os pediré: primera. Os podéis marchar, pero no lo haréis, porque seríais picadillo para Saladino. Segundo. Nos sobra el valor. Somos hijos de la adversidad. Tercero. Aguantaremos por los desiertos, somos astutos, fuertes y lo más importante: insuperables. Por Dios, por el viejo San Juan y por nosotros. "
Los gritos de júbilo hicieron mella. El ejército musulman desplegado tembló cual hoja en otoño. Pararon el avance. Nosotros cogimos nuestras armas. Sabía que nos ganaban por mucho, pero no podía decir a mis hombres nada. Al fin, todos nos reuniríamos con Dios.
Ellos lanzaron todo su potencial. Aquello era como si fuera un cólera. Embistieron contra nosotros y los lanceros hicieron gran daño en su caballería. Yo cabalgaba de lado a lado dando ánimos y haciendo que fueran creyéndose la victoria. Mientras a lo lejos un pendón hondeaba. No supe distinguir, pero luchabamos más férreamente. Saladino salió cabalgando hacia el sur. Nosotros entonces arrollamos con fuerza a su numeroso ejército. En mal augurio, su élite cargó contra mi. Pude con uno, dos, tres... me tiraron del caballo y cuando el cuarto me iba a asestar un certero golpe, un soberbio caballo blanco apareció y le cortó el cuello a aquel buen guerrero.
Mis hombres, cansados, abatidos y magullados suspiraron cuando me vieron caminar de nuevo, erguido y firme. Le miré a aquellos soldados. Era mi peor pesadilla: la Temple nos había dado la victoria cuando lo teníamos todo ganado. Su jefe, que nunca se quitó el casco y su voz parecía afeminada, incluso algo menuda para un caballero, fue claro:
" Si os unís, no seréis jamás como yo, pero, visto lo visto no rechazaréis si os ofrezco el puesto de escudero ".
Claro. En la tercera fila siempre. Jé. Pues sí. Eso nos ofrecían aquellos, más tierras, más algún regalo cuando se les ocurriera. Tras meditarlo y hablarlo con mis hombres, mi contestación fue recia:
" Aceptamos. Pero eso me demuestra que me necesitáis, poco, pero me queréis que esté cerca".
Aquel hombré no se mordió la lengua:
"Hablaremos tú y yo. Es más, "soldaditos" altos, gruesos y salvajes, me sobran..."
Esas palabras me pusieron en mi sitio. Quería que fuera así, ahora pertenecía a la majestuosa orden y estarían cerca. ¿ Tercera fila ? Me da igual, como si les tengo que llevar agua. A su lado se puede luchar con mejores enemigos. Pero a mis muchachos la ilusión les devolví: ya nada nos podrá ganar. Deus vult... Dios, alúmbranos y si puede ser, no me dejes tan al borde...
Hemos sido casi destituídos. No volvemos a Tiro. Las huestes sufrían de tristeza, echaban de menos a todo aquello que les unían. Pero entonces tuve que hablarles francamente:
" Señores. Hijos y sirvientes de Dios, luchadores feroces y leales compañeros. Olvidemos aquellas Tierras, nunca serán para nosotros. Los templarios nos detestan, los mandamases de San Juan nos dejan más olvidados que un niño a la vieja pelota. Uníos a mi causa. Siempre fiel a la vieja guardia. Sin ningún día de tachón en la vida. Jamás libre de pecado, pero siempre justo y clarividente. Dejarme de oír y escuchadme como nunca lo hicisteis, con toda la atención. Mi ejército no tiene bandera a día de hoy, debemos luchar por nosotros, nadie nos dará de comer ni tan siquiera podremos descansar. Eso sí, hasta el fin, tal y como lo juramos, llevaremos el nombre de San Juan."
El más joven de todos se arrodilló y comenzó a llorar. No podía dejar esa ciudad que tan bien le fue.. nadie le podía consolar: sin hermanos, ni padres ni su amor.
Retomé la palabra:
" A veces, soy un incomprendido, pero hoy muchachos, haré historia. Ven a mi joven. Lloras por ellos. No me mires así, llorar es humano y mírame: mis ojos también están vidriosos. Es la hora. Nuestros corazones han sufrido mucho. O Tiro cambia y con él nuestra vieja Orden, o deberemos luchar por nosotros. 3 cosas os pediré: primera. Os podéis marchar, pero no lo haréis, porque seríais picadillo para Saladino. Segundo. Nos sobra el valor. Somos hijos de la adversidad. Tercero. Aguantaremos por los desiertos, somos astutos, fuertes y lo más importante: insuperables. Por Dios, por el viejo San Juan y por nosotros. "
Los gritos de júbilo hicieron mella. El ejército musulman desplegado tembló cual hoja en otoño. Pararon el avance. Nosotros cogimos nuestras armas. Sabía que nos ganaban por mucho, pero no podía decir a mis hombres nada. Al fin, todos nos reuniríamos con Dios.
Ellos lanzaron todo su potencial. Aquello era como si fuera un cólera. Embistieron contra nosotros y los lanceros hicieron gran daño en su caballería. Yo cabalgaba de lado a lado dando ánimos y haciendo que fueran creyéndose la victoria. Mientras a lo lejos un pendón hondeaba. No supe distinguir, pero luchabamos más férreamente. Saladino salió cabalgando hacia el sur. Nosotros entonces arrollamos con fuerza a su numeroso ejército. En mal augurio, su élite cargó contra mi. Pude con uno, dos, tres... me tiraron del caballo y cuando el cuarto me iba a asestar un certero golpe, un soberbio caballo blanco apareció y le cortó el cuello a aquel buen guerrero.
Mis hombres, cansados, abatidos y magullados suspiraron cuando me vieron caminar de nuevo, erguido y firme. Le miré a aquellos soldados. Era mi peor pesadilla: la Temple nos había dado la victoria cuando lo teníamos todo ganado. Su jefe, que nunca se quitó el casco y su voz parecía afeminada, incluso algo menuda para un caballero, fue claro:
" Si os unís, no seréis jamás como yo, pero, visto lo visto no rechazaréis si os ofrezco el puesto de escudero ".
Claro. En la tercera fila siempre. Jé. Pues sí. Eso nos ofrecían aquellos, más tierras, más algún regalo cuando se les ocurriera. Tras meditarlo y hablarlo con mis hombres, mi contestación fue recia:
" Aceptamos. Pero eso me demuestra que me necesitáis, poco, pero me queréis que esté cerca".
Aquel hombré no se mordió la lengua:
"Hablaremos tú y yo. Es más, "soldaditos" altos, gruesos y salvajes, me sobran..."
Esas palabras me pusieron en mi sitio. Quería que fuera así, ahora pertenecía a la majestuosa orden y estarían cerca. ¿ Tercera fila ? Me da igual, como si les tengo que llevar agua. A su lado se puede luchar con mejores enemigos. Pero a mis muchachos la ilusión les devolví: ya nada nos podrá ganar. Deus vult... Dios, alúmbranos y si puede ser, no me dejes tan al borde...
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